*LA COLONIA ESPAÑOLA DE LA CIUDAD VIVE EN UN MUNDO PROPIO

Las rivalidades de las viejas provincias conviven lo mismo que en su tierra natal: cada grupo tiene su propio centro, sociedades, bailes, excursiones, funciones teatrales…

La guitarra es un instrumento meditabundo. Uno se da cuenta ahora, mientras el guitarrista se canta a sí mismo. Una canción sentimental y triste en un dialecto español, repleto de palabras que han conformado su hogar, durante siglos, en algún antiguo reino de la península. El guitarrista está hundido en un banco de madera. Su rostro es tan indudablemente español como el del dios Baco de “Los Borrrachos”, el cuadro de Velázquez que habita en el Museo del Prado. Su voz contiene una áspera resonancia: expresa emoción mucho más que dulzura.

De pronto cesa, pero el cantante sigue perdido en ese sueño sentimental de partida y tristeza. El grupo murmura en la pequeña bodega; los hombres inhalan sus cigarrillos negros con fuerza. Uno de ellos elogia al cantante de manera silenciosa, no con la energia de un “olé” arrojado ante un baile de Jota. En la esquina, una chica exclama: pide una muñeira, el baile tradicional de Galicia. Los hombres se suman a la petición.

Pero sus palabras se pierden en el estruendo: un tren atraviesa un tramo elevado en la Novena Avenida.

La colonia española de Nueva York es bastante amplia. Y presenta, al igual que España, rivalidades entre las viejas provincias: parece que el mundo español se haya escindido en dos hemisferios, cuyas grandes naciones existen en miniatura, separadas de sus hogares pero a la vez, conectadas por intereses comunes. Esto no es Chelsea, o la granja del viejo Peter Stuyvesant, sino Extremadura y León; en el centro de la ciudad encontramos que Argentina existe junto a Castilla, y Uruguay, al lado de Cuba.

Disminuída pero intacta, aquí nos encontramos con la España contemporánea: las huelgas del transporte público acontecen entre legendarios burros, entre las huellas de fenicios, visigodos, moros y conquistadores. Cortez aprende a bailar el fox trot mientras las juventudes nacidas en Harlem discuten con epítetos -vigentes antes de que la Catedral de Sevilla fuese construída-.

Aferrados al orgullo de raza

Tanto si provienen de Valencia o de Chile, estos hispanohablantes se aferran al orgullo de su raza. Además, comparten el amor por los espectáculos (un evento como el banquete del Consulado de Hispanoamericanos de Nueva York, desde hace poco regido por la Sociedad Panamericana, provoca un auténtico revuelo).

Sin embargo, cuando no existe un gran evento o espectáculo comunitario, la vida cotidiana de esta colonia se desarrolla con normalidad: cada cual desarrolla un rol de manera espontánea. Aquí tenemos a una colonia de unos 30.000 habitantes, la mitad de ellos españoles, aproximadamente una quinta parte mejicanos y el resto venidos de Centroamérica, Sudamérica y las Indias Occidentales. Se reparten entre Manhattan y Brooklyn, y cada grupo presenta sus propios centros y sociedades regionales (pero estas regiones no corresponden a los respectivos barrios, sino a las provincias de sus antiguas naciones). Se trata, en fin, de una pequeña ciudad dentro de la gran ciudad de Nueva York, pero no pasa una semana del año en que no celebren algún evento o espectáculo: obras teatrales, excursiones al campo, y a veces, cuando las circunstancias los permiten, una zarzuela (la tradicional ópera con diálogo, entre el vodevil y el tango). Ante todo, siempre que les es posible, ¡bailan!

Muchos autores se han detenido a escribir sobre los componentes psicológicos y estéticos de la danza española. Sin embargo, ninguno de los textos ha sido escrito por un español.  Para él, bailar es suficiente. Aunque tal vez América haya sofisticado su gusto. En los periódicos españoles locales se menciona el waltz y el fox trot en las columnas publicitarias: “se imparten clases”, anuncian.

Pero observa. Estás en un baile –uno de tantos, ofrecido por una sociedad u otra-. La orquesta es española y sin embargo está tocando jazz; la raza se hace patente en los ojos de las jóvenes, en sus facciones y modales, y no hay duda de qué idioma hablan. Pero cuando se trata de bailar el foz trot, bien podría tratarse de una segunda generación de Cork o Dusseldork. Termina el fox trot. Mira a ese joven delgado y a su novia; otra pareja más, y otra. Chasquean los dedos como si fuesen castañuelas. Una canción, que tatarean, sustituye a la orquesta. Enseguida se incorporan los instrumentos y finalmente, de manera espontánea, los bailarines. El local se enciende con la alegría de este baile. Se trata de una jota.

Bailar es su gran placer

Cada zona de España tiene su propio tipo de jota, y en multitudes suficientemente amplios es posible ver a la mitad del grupo reunido por la noche –aunque no necesariamente cada noche. También durante el día, ya que este tipo de bailes tradicionales se ejercitan mejor sobre la hierba, donde no es posible hacer trampas con los pasos y las maneras. En alguna esquina, entre el algarabío del picnic, un hombre ha traído su gaita -un artilugio con pipa y bolsa usado para hacer música desde tiempos inmemoriables-. Empieza a tocar esta cornamusa. Otro instrumento le acompaña, un laúd, descendiente del lute. Bandurrías, mandolinas, guitarras españolas con cuerdas también traídas de España.

Los músicos se reúnen en pequeños grupos, catalanes aquí, asturianos allá, murcianos en la otra punta, y la multitud se desintegra en pequeños corros. Escucha cómo exclaman “¡Olé!” para elogiarse y animarse los unos a los otros. Todos bailan la jota (y todos se consideran el mejor grupo). Un corro de Barcelona comienza a bailar una sardana, típicamente catalana. Los sevillanos dan paso a la cachucha –una modalidad de bolero andaluza que los valencianos, entre otros, llaman rapsodia-. Los jóvenes cantan a pleno pulmón, los más mayores taconean y mueven la cabeza; todos ellos ríen. La pequeña gaita gime y las figuras brillantes giran sobre sí mismas y se arquean: las orgullosas provincias se agitan en un caleidoscopio que gira… Y es entonces cuando uno comprende: porqué los españoles bailan. Bailan por la misma razón por la que se alimentan.

También bailan en sus casas, o donde quiera que encuentren la ocasión de hacerlo… Por ejemplo, cuando una de las sociedades organiza un evento de buena mañana, suele prolongarse hasta pasadas las seis de la tarde: “a las 6 y media gran baile de pensión”, dicen los boletos de entrada. La vieja España, y sus ideas sobre rituales de danza, despliegan un emocionante tango: la colonia española considera que el el tango es un baile que debe celebrarse puertas adentro, en una buena casa.

Las obras teatrales son más frecuentes. Basta con echar un vistazo a los anuncios desplegados la noche previa para entender porqué Lope de Vega creó una escuela de dramaturgia hace trescientos años, con más de dos mil obras. Todas ellas son necesarias. Y cuando se agotan, los dramaturgos de la colonia escriben nuevas piezas para la ocasión. En su mayor parte comedias, estructuradas en un sólo acto, y a menudo un programa de monólogos, bailes y canciones, interpretadas siempre por “el aplaudido” señor tal y cual, o “la distinguida artista” señorita no sé cuantos.

Orgullosos de su teatro popular

La colonia se muestra orgullosa de sus tradiciones teatrales más populares. Sin embargo, no conforma un grupo lo suficientemente amplio: de vez en cuando alguna compañía amateur ensaya una Zarzuela, pero toma mucho trabajo reunir a los intérpretes para ofrecer este espectáculo en toda regla.  Se necesitan más o menos quince personas, además de los músicos, y el libreto español debe ser adaptado para incluir algún chiste neoyorquino. Se trata de un objetivo ambicioso, pero que siempre reporta recompensas. Por ejemplo, hace unos años Nueva York acogió con gran entusiasmo la obra “The Land of Joy” (“La tierra de la alegría”) a cargo de una compañía profesional.

Las propuestas teatrales de la colonia no siempre tienen carácter amateur. Existe un grupo de profesionales, liderados por Pilar Arcos, que ofrece espectáculos los domingos por la tarde en una sala de la zona alta –o norte- de la ciudad. “Zona alta” se entiende como expresión prosáica: la ciudad adquiere un toque de glamour cuando se denomina así.

Toda tradición popular española expresa un agudo sentido de grandeza y eminencia, ya sea a través de la forma artística, escénica o cualquier otra variedad. Ni siquiera los italianos superan semejante culto a la fama. Hubo una bailaora muy conocida, Carmencita, en los tiempos de la guerra entre España y América, de la que todavía se oye hablar. “Ah”, dice un caballero a la antigua usanza (un sombrío hombre de Burgos que abotona su abrigo como si fuese una capa). “Ah, ¡la Carmencita! En aquellos tiempos no éramos más de 500 españoles aquí, y los conocía a todos”.

Pero los tiempos han cambiado. Artistas como Benavente, Ibáñez, Sorolla, Raquel Meller… Todos son acogidos con alegre reverencia, lo mismo que si trajesen consigo un precioso rayo de sol de la antigua patria. A menudo quien llega no se dedica a las artes, sino que es un estrella del tenis como Manuel Alonso o Firpo. ¡Ah! Como dice la expresión castellana: ahora sí estás hablando, Firpo. Hasta los periodistas deportivos le denominan “el muy gran hombre”. ¿Quién necesita presenciar una corrida de toros cuando tiene ante sí al mayor toro de las Pampas?

Los hispanohablantes de Nueva York no concentran todo su interés deportivo en figuras destacadas como el señor Firpo. Existen clubs, y equipos, de muy diversas naturalezas. Barcelona desafía a Puerto Rico, por ejemplo, y un campeonato emerge: vemos a un héroe universitario de ficciones enfrentándose a un jugador estrella de fútbol fonético. Pero la realidad se transforma y cambia: el sabor original acabará prevaleciendo; la jota volverá a cobrar vida una vez pase de moda el fox trot.

La colonia disfruta escuchando la radio y celebra la ocasional emisión de algún número español. Sus integrantes tocan la guitarra pero también el gramófono; coleccionan ediciones especiales de fandanguillos y bulerías. También cuentan con sus propias bibliotecas, que albergan semanarios y libros españoles, nuevos y viejos. Pese a que no se limitan a leer a Galdós y a Valdés y disfrutan con autores tales como Charlette M. Braeme, lo cierto es que a un personaje como Carlota le oscurece la tez cuando ellos la imaginan.

Cuando los recién llegados se deciden a aprender inglés lo hacen traduciendo palabra por palabra, con frases tan obvias como “las chicas españolas tienen bellas pestañas”. Y una vez termina la lección, se entretienen leyendo el horóscopo del día de un periódico: se parece a cualquier otra predicción astrológica… ¡pero que en español suena más romántico! “Aquellos nacidos en el día de hoy, en el amor serán muy afortunados”. En inglés suena a consejo barato, mientras que en español -el idioma del amor- evoca una noche de balcones y luna en el cielo.

Dónde encontrarles

Pero, a la hora de leer el periódico, la mayoría de estos españoles se interesa por las noticias de transporte marítimo antes que por el horóscopo: su vida aquí, ya sea humilde o acaudalada, ha sido fundada en torno a las embarcaciones, en gran medida. Los trabajadores marítimos hacen su vida en torno a la calle West y Washington, entre Charlton y la Catorce, y entre la calles Roosevelt, Cherry y Catharine. Hay un corro de casas de huéspedes y restaurantes españoles en el lado este, entre las calles trece y diecinueve, así como viejos edificios de pilastras –residenciales- en el oeste. Y a cinco o más millas al norte aparecen los distritos de tabaco y café, que operan prácticamente como mundos independientes. También es posible encontrar algún restaurante y un comercio o dos cerca de las calles Pearl y Wall. Se trata de mágicos umbrales, desperdigados en esquinas impredecibles, a lo largo y ancho de Manhattan y Brooklyn: universos donde el pimiento es una primera necesidad, y las mujeres voltean la tortilla en la sartén, para darle forma redonda, pat-pat-pat.

En estos hogares se valoran, y disfrutan, todas las conmemoraciones y días de fiesta. Los españoles celebran el cumpleaños del presidente Washington lo mismo que el día del Patrón de España, el dos de mayo (inicio de la Insurrección Española), o el nacimiento de Su Alteza Real el Príncipe, el diez de mayo. Y todo día de fiesta supone una buena ocasión para bailar.

La mayor parte de América vive completamente ajena a esta realidad paralela. Por ejemplo, a un abogado que reside al norte del estado, y que necesita información sobre una propiedad en Uruguay, nunca se le ocurriría acudir al consulado español para preguntar. La colonia, sin embargo, es autosuficiente. Cuenta con sus propias iglesias, organización y funciones internas, y va creciendo y abriéndose camino en el esquema comercial americano. Los hombres se reúnen a filosofar en las cafeterías y las muejres asienten al leer los diarios españoles: “Nueva York es un paraíso para las mujeres”. Sin embargo, no olvidan la tierra de la que provienen. Una de las pequeñas sociedades que han formado, “Sada y sus contornos”, se dedica a recaudar dinero para apoyar una escuela en Sada, Galicia.

Hay otro club con sede en la calle Cherry que funciona con gran eficacia pese a ser pequeño; se trata de una sociedad vasco-americana fundada por españoles (no vasco-franceses). La comunidad vasca, que habla una lengua propia dentro de España, es relativamente pequeña en Estados Unidos. Pese a que el resto de españoles no les entiende cuando hablan, los vascos se encuentran completamente integrados en la colonia neoyorquina: el Atlántico es lo suficientemente vasto para desdibujar las fronteras de los Pirineos. Además, también son grandes bailarines; ellos mismos reconocen que no hay danza como la porrusalda en las provincias de España.

Artículo original  de New York Times (1923-Presente archivo); 23 marzo, 1924;

periódicos históricos The New York Times (1851-2006)

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