*Llegada de García Lorca a Nueva York, por J.D. Fernández

Extraído del libro “The Discovery of Spain in New York, circa 1930” (“Descubrimiento de España en Nueva York, circa 1930”) de Edward J. Sullivan (ed.) Nueva York: 1613-1945 (New York: Scala, New York Historical Society, 2010)

Federico García Lorca, Autoretrato en New York.

El gran poeta y dramaturgo español Federico García Lorca visitó Nueva York entre junio de 1929 y marzo de 1930. El principal legado tangible de aquel viaje es un libro de poemas, Poeta en Nueva York, cuyo mismo título parece nombrar una existencia fuera de lugar, casi ontológica: en el desierto capitalista y utilitario de ese Nueva York descrito por García Lorca no parece haber lugar para poetas o poesía, ni, de hecho, para españoles.

El Nueva York de García Lorca presenta un paisaje extraño, desolado, casi postapocalíptico. Este poeta del título singular, fuera de lugar-, recuerda a un personaje del Antiguo Testamento en su denuncia de la violencia y vacuidad de una ciudad caída. En su atribulada y atribulante representación, García Lorca parece encontrar la única señal de vida verdadera entre los afroamericanos. Como poeta se identificaba con esta comunidad, que alineó con una naturaleza primitivista y selvática llena de monos y serpientes, cebras y cocodrilos: una forma de vida telúrica que de alguna manera parecía ser anterior -haber sobrevivido- al apocalipsis de números y ángulos rectos del Nueva York moderno.

Para ser justos, “Poeta en Nueva York” es una obra brillante de poesía experimental, no un tratado sociológico; tendría poco sentido presentar objeciones etnógráficas a la elección de sus temas o fuentes de inspiración. Académicos y biógrafos han atribuido esta peculiar y sombría visión de García Lorca a una combinación de factores personales (llegó a la ciudad huyendo de una serie de profundas crisis), históricos (presenció la quiebra de la Bolsa y las privaciones de la Gran Depresión) y poéticos (tras el extraordinario éxito del neotradicional “Romancero Gitano”, el poeta buscaba una voz estridente y vanguardista, no romántica). Sin embargo, hay que mencionar que “Poeta en Nueva York”, probablemente la obra más conocida sobre la ciudad escrita por un español, es quizá la más excluyente de la presencia hispana en la ciudad. Irónicamente, otros textos coetáneos (como los de Bercovici o el anónimo cronista del New York Times) destacan la creciente comunidad española e hispanoparlante. El lector ingenuo de Poeta en Nueva York no puede evitar imaginar a un García Lorca -primer y único español de la ciudad- sumergido en un doloroso y alienado aislamiento.

Sin embargo, las cartas que García Lorca mandó desde Nueva York, y la concienzuda investigación de su biógrafo principal, Ian Gibson, permiten reconstruir una historia muy diferente.8 Cuando Federico desembarcó del SS Olympic el 25 de junio de 1929, un grupo de distinguidos españoles le esperaba para recibirle en los muelles. Si trazáramos las trayectorias de estos hombres en un atlas descubriríamos una densa red de estancias imperiales y postimperiales, tejidas en torno a un núcleo principal: un Nueva York que en esta época ya era completamente español e hispano.

León Felipe formaba parte del grupo de españoles que esperó a García Lorca en los muelles. Nacido en la provincia de Zamora, España, en 1884, este farmacéutico, actor, fugitivo, poeta y aventurero había viajado a Méjico en el verano de 1923, con idea de dirigirse a Nueva York posteriormente. Durante su estancia en Méjico conoció a Berta Gamboa, una maestra de español afincada en Nueva York que se encontraba de vacaciones en su pais de origen. León Felipe acompañó a Gamboa de regreso a Nueva York en el otoño de 1923, y poco después la pareja se casó en Brooklyn. Felipe impartió clases en la Escuela Berlitz de Nueva York, hasta que el profesor Federico de Onís de la Universidad de Columbia le animó a inscribirse en un programa de posgrado. Completados sus estudios, Felipe procedió a dar clases en Cornell y a traducir a Walt Whitman y a Waldo Frank.

Ángel del Río también recibió la llegada de Lorca en los muelles del White Star Line. Nacido en Soria en 1900, del Río se convirtió en profesor de español en Columbia en 1926, después de pasar un período en la Universidad de Puerto Rico. Fue allí donde se casó con la joven portoriquense Amelia Agostini, escritora, crítica y ex alumna de Vassar. Académico distinguido, del Río terminó convirtiéndose en un respetado intérprete del mundo hispano para públicos «anglos» y viceversa.

El comité de recepción a Lorca también incluía a un viejo amigo del poeta: el impresor, diseñador gráfico y pintor Gabriel García Maroto. Nacido en Ciudad Real en 1889, García Maroto se mudó a México con su esposa mejicana Amelia Narezo en 1927. Antes de llegar a Nueva York en 1929 ejerció como uno de los primeros críticos de Diego Rivera y el muralismo mexicano. García Lorca menciona este efusivo y sorprendente encuentro con su viejo amigo en una carta a su familia: “ ¡Agarrarse! ¡También estaba Maroto! Se volvió loco dándome abrazos y hasta besos. Está aquí recién llegado de Méjico y gana mucho dinero como pintor y dibujante de revistas”.

José Camprubí, dueño del diario español más importante de Nueva York, La Prensa, también esperaba en los muelles. Nacido en Ponce, Puerto Rico, en 1879, era hijo de un ingeniero español que trabajó para el gobierno colonial español supervisando la construcción de la carretera Ponce-Coamo. Camprubí se educó en la Escuela Jesuita de Barcelona, en la Escuela Hotchkiss de Connecticut y por fin en la Universidad de Harvard, donde estudió ingeniería civil. Después de ocupar una serie de puestos como ingeniero en Estados Unidos y el extranjero, Camprubí compró La Prensa (un semanario que entonces atravesaba serias dificultades) en 1918. Lo convirtió en un diario, y para 1929 (fecha de la llegada de García Lorca a Nueva York) el periódico había florecido, convirtiéndose en la principal publicación de la creciente comunidad hispanoparlante de la ciudad.

Federico de Onís estaba al frente de este informal comité de recepción. Descendiente de Luis de Onís (el ministro de relaciones exteriores español que supervisó la venta de Florida a Estados Unidos), Federico nació cerca de Salamanca en 1885. Fue alumno de Miguel de Unamuno, quien contribuyó a su nombramiento como director del recién inaugurado Departamento de Estudios Hispanos de la Universidad de Columbia, así como del Instituto Español de esta misma universidad, en 1916. Unamuno le recomendó al presidente de la universidad, Nicholas Murray Butler, vía Archer Huntington. Con una Europa asediada por la Primera Guerra Mundial, y un Canal de Panamá recién inaugurado, el antiguo sueño panamericano de unidad hemisférica Norte-Sur alcanzó un nuevo grado de intensidad en Estados Unidos. El resultado fue un interés sin precedentes en el idioma español y el mundo hispanoparlante. Las inscripciones a clases de español -básicas y universitarias- se multiplicaron. Aunque el motor de este boom fue el prospecto de unidad hemisférica, la cultura y literatura españolas llegaron a ocupar un lugar prominente en los currículos.10 Las nuevas generaciones españolas de lingüistas, historiadores y filólogos estaban en buena posición para dirigir la creación y expansión de estos departamentos de español en Estados Unidos. En 1929 Federico de Onís estaba al timón del hispanismo americano de la Universidad de Columbia.

Tres referentes de la cultura española – Felipe, del Río y García Maroto– habían viajado a Hispanoamérica y desposado a mujeres hispanoamericanas antes de convergir en Nueva York, en gran parte por las excepcionales oportunidades creadas por la efervescencia cultural hispana de la ciudad. Encontramos también al hijo de un funcionario colonial español, nacido en Puerto Rico y propietario del diario más importante de la comunidad hispanoparlante desde hace más de una década. Por último, el descendiente de un funcionario imperial español, a cargo de la creación y profesionalización de estudios hispanos (de Nueva York, y en muchos sentidos de todo el país). Estos maestros, traductores, editores y/o intérpretes de las diferencias culturales, que acumulaban amplia experiencia en Hispanoamérica, se convirtieron en los intermediarios del boom español/hispano de la ciudad.

En muchos sentidos -y a pesar de la postura vox clamantis in deserto de “Poeta en Nueva York– García Lorca y los distinguidos miembros de su séquito en el muelle fueron los promotores y beneficiarios del intenso clima hispanófilo del Nueva York de los años 20. Durante su relativamente breve estancia en la ciudad, García Lorca asistió a conciertos del guitarrista Andrés Segovia y el pianista José Iturbe, espectáculos de baile de La Argentina y Argentinita, pláticas de Dámaso Alonso e Ignacio Sánchez Mejías… Él mismo era un músico carismático, y ofreció interpretaciones de música tradicional española a la guitarra y al piano en numerosas fiestas de la ciudad: fue recibido con gran admiración, según reportes poco modestos a su familia.

En Nueva York, además, García Lorca parecía «toparse» o reencontrarse constantemente con amigos que había conocido en España. Entre ellos el joven corredor de bolsa británico Colin Hackforth-Jones y la periodista e hispanista Mildred Adams, con quienes el poeta había entablado amistad en Granada unos años antes. Adams y su familia se hicieron asiduos compañeros y anfitriones de García Lorca en Nueva York; Mildred incluso ofreció una fiesta para presentarle a sus amigos americanos: según una carta de García Lorca a sus padres, “una pianista bastante virtuosa interpretaba música de Albéniz y Falla, y las mujeres jóvenes vestían mantones de manila. En el comedor -¡sorpresa divina!-  había botellas de jerez y brandy Fundador”. (El poeta no simpatizaba en absoluto con la Prohibición). Otro de sus amigos allegados en Nueva York, Henry Herschel Brickell, era un crítico literario y editor que también había visitado Granada, y que -según Ian Gibson- prácticamente perseguía al gran compositor Manuel de Falla en un intento por vislumbrarle. Brickell y su esposa ofrecieron una fiesta para celebrar el santo de García Lorca en Nueva York, el 18 de julio, y otra en Nochebuena, con temática española en su honor: antes de acudir a la Misa del Gallo los invitados prendieron unas velas sobre un altar hecho de cerámica de Talavera, con idea de pedir deseos. Muchos de los amigos neoyorquinos de García Lorca participaban de la “locura” española: algunos habían realizado la peregrinación de Washington Irving a Granada; otros coleccionaban mantones de Manila y cerámica de Talavera; muchos guardaban un buen surtido de jerez y brandy españoles –a pesar de la Prohibición- y acostumbraban a contratar a músicos para amenizar sus veladas con música clásica contemporánea española. Se diría que eran los auténticos sacerdotes de la locura española en Nueva York.

El Día de Acción de Gracias y la Nochebuena de 1929 reflejan una oscilación emblemática de la estancia del poeta en Nueva York: primero comió con sus anfitriones españoles en Columbia y luego se marchó apresuradamente, a tomar el postre y celebrar las fiestas con sus adinerados amigos los Brickell. García Lorca habla de estos amigos americanos en una carta a sus padres: “son gente rica e influyente, y en su casa he conocido a personas muy bien consideradas en arte, literatura y finanzas… En su casa disfruto incluso más (que con los españoles), porque se trata de una sociedad diferente y me siento como un extranjero”. No cabe duda de que García Lorca era un hombre de mucho talento, encantador y carismático, pero es probable que semejante acogida en las clases altas neoyorquinas estuviese relacionada con esa fiebre por lo español; España y los españoles había despertado un interés sin precedentes en la ciudad. En cualquier caso, el poeta y dramaturgo tuvo ocasión de disfrutar, en el espacio de unas horas, tanto de intimidad entre un grupo de compatriotas primero, como de adoradora atención entre neoyorquinos hispanófilos después (seguramente lo veían como a un exótico e ilustrativo nativo). Estos encuentros hablan de la personalidad de García Lorca, pero también dicen mucho de la textura de la ciudad a finales de los años 20.

El poeta tampoco abandonó la órbita de la hispanofilia durante sus dos escapadas veraniegas a la «tierra salvaje» americana. Primero viajó a Eden Mills (Vermont) a visitar a un joven amigo que había conocido en la Residencia de Estudiantes de Madrid: el escritor en ciernes, traductor y profesor de español Philip Cummings. Al parecer en Vermont trabajaron en la traducción al inglés del primer libro de poemas de García Lorca. Desde allí se dirigió a Catskills (en pleno valle del Hudson), donde Ángel del Río y Amelia Agostini le acogieron en una cabaña alquilada, en Bushnellsville. Finalmente se reunió con Federico de Onís en su casa cerca de Newburgh (a orillas del río Hudson). García Lorca ayudó a de Onís en la preparación de su inmensa “Antología de la poesía española e hispanoamericana, 1883-1932”, finalmente publicada en 1934.

Uno de los principales propósitos del viaje de García Lorca a Nueva York era aprender inglés. En las cartas a sus padres (que habían financiado el viaje) hace mención constante y exagerada de sus progresos en esta lengua. Sin embargo, a juzgar por el itinerario descrito, en 1929 era posible viajar desde Vermont a Nueva York sin hablar una palabra de inglés.

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