*Julio Camba, La ciudad automática

Capítulo XVIII: La España negra

Desde la calle 110 hasta la 116, entre las Avenidas quinta y octava, puede decirse que estamos en España. Una España algo negra, desde luego, pero una verdadera España por el idioma, por el carácter y por la actitud general del hombre ante la vida. Veamos las muestras de las tiendas y los anuncios luminosos: “Doctor Roqué, cirujano-dentista”, “Pastelería de Simón”, “Campoamor. Comidas y bebidas”, “Librería Sanjurjo”, “Librería Cervantes”, “Nuestra Señora de Guadalupe”, “La Flor Asturiana”, “El Patio”, “Teatro de San José”, “Billares Rodríguez”… No cabe duda de que esto es España, y sólo con un espíritu mezquinamente provinciano dejaríamos de reconocerlo así. Es España en toda su variedad histórica. Es la España grande, la España donde nunca se pone el sol todavía, la España hispánica, en una palabra.

En el teatro de San José no son únicamente el gallego, el catalán o el baturro quienes hacen las delicias del público con sus acentos respectivos. A la par de ellos salen a escena el jíbaro de las Antillas, el pelado mejicano, el arrogante argentino, etc, etc. Se bailan jotas y sones, sardanas y rumbas, pericones y muñeiras, peteneras y jarabes. Se tocan la guitarra, el cajón, los palillos, el güiro, la pandereta, la marimba. Se canta flamenco y pampero y se alternan alalás con vidalitas o malagueñas con corridos. Los restaurantes, por su parte, no serían considerados como restaurantes españoles si, junto con el arroz valenciano o la escudella catalana, no incluyesen en la carta los tamales, el churrasco, el mole de guajolote, el chile con carne, la barbacoa, el sibiche, el chupe de camarones y demás platillos o antojitos hispanoamericanos. Y si usted, amigo lector, considerase algo bárbara esta nomenclatura, yo no podría por menos de lamentarlo, porque con ello demostraría, no que es usted español, sino que lo es usted muy poco, que tiene usted de España un concepto peninsular exclusivamente y que carece usted de conciencia histórica nacional.

Esta conciencia histórica, si en efecto le falta a usted y quiere usted adquirirla, en ninguna parte podrá lograrlo mejor que en el barrio de Nueva York a que me refiero, donde se encontrará usted, en pequeño, con una España muy grande. […]

Capítulo XIX: La Inquisición y el arroz con pollo

En pleno Broadway, a la altura de la calle 47 ó 48, hay un Museo muy divertido de la Inquisición española. En él unos cuantos cuadros, vagamente solanescos, representan a nuestros frailes de la época inquisitorial entregados a sus ocupaciones favoritas, tales como colgar ancianos cabeza abajo en los cañones de las chimeneas para curarlos al humo, quemar con hierros candentes los pechos de las adúlteras guapas, usar al espetón niños recién nacidos, etc., etc.

El español que llega a Nueva York y se tropieza de buenas a primeras con estos cuadros tira de péñola y envía una carta indignada a los periódicos de Madrid suponiendo que los Estados Unidos nos calumnian deliberadamente; pero no hay tal. Se trata tan sólo de un barracón como tantos otros dedicados al comercio de emociones rápidas, violentas y económicas. Ten cents a thrill, esto es, un escalofrío por diez centavos. Al comienzo de la prohibición, estos barrancones sustituyeron en cierto modo a las cantinas, y el público iba a buscar en ellos el estímulo que obtenía antes con la copa de gin o el trago de whisky, y aunque hoy se bebe en todas partes, no importa. Nueva York necesita más emociones cada vez. A thrill a minute (un estremecimiento por minuto) , dicen los anuncios de las películas de gansters. Por desgracia, las películas de gansters no conmueven ya a nadie; tan habituada está aquí la gente no sólo a la ficción artística, sino a la realidad del crimen industrializado; y si un negociante ha encontrado un filoncito en eso de la Inquisición española, ¿vamos a suponer por ello que los Estados Unidos nos odian?

La especie de que los Estados Unidos nos odian tiene el mismo valor, poco más o menos, que la de que nos adoran, especie esta última bastante difundida también. Todo depende, para adoptar la segunda hipótesis y no la primera, de que el español recién llegado a Nueva York, en vez de tropezarse con los cuadros de la Inquisición, caiga en uno de estos restaurantes que se llaman Granada, Valencia, Chateau Sevilla, Alcázar, etc. Un tejadillo a la entrada, inspirado en las misiones de California. Una reja. Una cabeza de ternera, no en la carta, donde estaría indicadísima con un poco de vinagreta, sino en la pared, haciendo de cabeza de toro. Cacharros de Talavera o de Manises. Panderetas. Castañuelas. Las camareras, supossed to be morenas, son mulatas para mayor garantía. Peinetas. Mantillas. Spanish yellow rice (paella valenciana), chile con corne, frijoles negros, gallegan broth o caldo gallego, etc., etc. Todo ello con música de Carmen, ejecutada por una orquesta de negros en trajes de luces.

La dueña de uno de estos establecimientos es una americana de origen irlandés, mistres Mac Dougall, quien tiene en Nueva York una cadena de restaurantes exóticos, lo que excusa muchas de sus equivocaciones, como, por ejemplo, la de hacerle tomar a uno fabada a los acordes del himno búlgaro. En general, sin embargo, todos estos restaurantes están manejados por griegos, que son aquí los que acaparan el negocio de la alimentación. Y porque un compatriota de Venizelos le dé a usted un plato nicarangüense en un lugar de Nueva York más o menos californiano, ¿va usted a pensar que España está de moda en Estados Unidos?

La verdad de todo ello, la triste y dolorosa verdad, es que los Estados Unidos ni nos adoran ni nos odian; que el Museo de la Inquisición española no significa nada, ni el Chateau Sevilla tampoco, y que para Norteamérica, España resultará siempre una mezcla muy confusa de la Inquisición, el arroz con pollo, los Reyes Católicos, el general Sandino, Sevilla, Antofagasta, Salvador de Madariaga, la Pastora Imperio, los toros, la rumba, Cristóbal Colón y don Niceto Alcalá Zamora.

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